DURO DE MATAR
Agosto del 2000
Apenas comenzó la égida chavista un conspicuo representante del puntofijismo, célebre por su cualidad de avispado entre los que más, nos aconsejó a varios de sus compañeros de ruta política, cambiar los números de los teléfonos celulares. No se trataba de un mecanismo, a todas luces infantil, para evadir el espionaje telefónico por parte del nuevo régimen sino de una especie de profilaxis para el ego de políticos caídos en desgracia: "Así cuando nadie te llame imaginas que es porque no saben el nuevo número". No seguí la sabia recomendación y poco tiempo después me estaba preguntando a mí misma si se justificaba cargar con ese objeto en la cartera solo para que: 1° La empleada de mi casa me avisara que se había acabado el detergente y que comprara lagarto para la sopa. 2° Una vez cada quince días, la secretaria de mi odontóloga me recordara la cita para tratar de recomponerme los dientes que el stress de mi vida pasada arruinó. Pasó lo que pasó el 30 de julio y de pronto el celular volvió a repicar. Nunca como le habrán repicado los suyos a los beneficiarios de ese viagra electoral llamado Chávez, pero ahí, más o menos: Uno que otro compañerito eufórico por los 33 diputados y por las gobernaciones que fueron quedando a medida que se completaba la extraña contabilización de la dupla Indra-CNE y uno que otro de esos extraviados amigos del alma que se evaporaron el 6-12-98 mientras nos decían: "Tu sabes que el cariño es el mismo".
Pero ahí no queda la cosa, en distintos sitios he tropezado con personas que me felicitan por la sorprendente resurrección de Acción Democrática. Tan insistente es el asunto que he tenido que sacudirme la tentación de creer que yo, tercera vice- presidenta de AD en espera desde hace año y medio de relevo mediante elecciones internas, he tenido algo que ver con lo que a todas luces es un milagro de supervivencia. El problema reside en que otros miembros de la Dirección Nacional del Partido, tan déja vu como una, se lo han creído y actúan desde entonces como héroes del desembarco aliado en Normadía. Les he visto y oído declaraciones tan jaquetonas, arrogantes y excluyentes como las de aquellos constituyentes chavistas que, recién electos, lucían ebrios de aplanadora.
Sin duda que los casi seiscientos mil votos- lista adecos, a pesar de ser la mitad de los obtenidos en noviembre del 98, constituyen un fenómeno de resistencia rayano en lo paranormal: No ha sido Chávez el único empeñado en exterminar a A.D. y borrar a los adecos de la faz de la tierra. Muchos de los mas encarnizados detractores del Comandante en Jefe lo cargarían en hombros y le erigirían estatuas si fuera solo ése su objetivo. Y, para ser francos, bastante hemos contribuido los dirigentes partidistas, no importa si por acción u omisión, a ese mal que mantiene al enfermo vivo pero en terapia intensiva.
Creer que los votos obtenidos por AD son un éxito del CEN del partido o de la dirección unipersonal que lo ha reemplazado de facto, es tan irreal como pensar que los parlamentarios, gobernadores y alcaldes del MVR obtuvieron esas posiciones por méritos propios o de su organización. Sin Chávez estaban muertos. De manera que la refundación de la República, por añadidura bolivariana y ya arañando el siglo XXI, es un remake de nuestros caudillismos decimonónicos. No son los Partidos y mucho menos las lealtades a ellos lo que ha jugado en esta elección. Han sido el atractivo personal, el carisma, la imagen y el discurso de Chávez, por un lado y, por el otro, de unos cuántos líderes regionales capaces de competir con los candidatos que él pretendió imponer y derrotarlos. Asistimos, quién sabe por cuánto tiempo, al ocaso de los partidos y al renacer de los personalismos.
Acción Democrática, maltrecha, disminuida, aporreada, casi linchada por chavistas y antichavistas, es el único Partido venezolano que ha logrado sobrevivir a sus fundadores porque éstos armaron una estructura que los trascendiera. ¿Cuánto tiempo le queda de vida si su actual dirigencia sigue empeñada en no verse en un espejo para descubrir que la imagen que éste refleja no es la que conecta con la gente que vota? ¿ Es esa dirigencia sin química con las bases populares la que puede liderar a la oposición hoy desarticulada y huérfana? La respuesta es obvia.
Pero resulta que en un momento en que Chávez parece reinar solo, hay unos cuantos líderes adecos que se batieron con él en una guerra desigual. El águila empeñado en cazar moscas. Unos triunfaron, otros hicieron un honroso papel aún derrotados en buena o mala lid. Son ellos los verdaderos héroes de la jornada electoral del 30 de julio, los únicos que pueden darle un nuevo rostro al Partido. ¿Lo entienden así quienes hoy dirigen la organización? ¿Están dispuestos a deponer pequeñeces y mezquindades, odios mellizales y cálculos subalternos para abrirle espacio a ese liderazgo probado? Pareciera que no. Es como si en la escuela sólo hubiesen aprendido las operaciones matemáticas de dividir y restar, que casualidad, la misma escuela de Chávez.
Y ya que hablamos de escuela, alguna tendría que haber para enseñar
a los políticos el arte de retirarse con dignidad. Los políticos
y los artistas de la escena tenemos profesiones afines, ambos vivimos del
aplauso del público. Unos y otros dejamos en algún momento
de ser taquilleros. Algunos lo asimilan, otros nos recuerdan el chiste del
viejo y olvidado actor que rogaba a directores amigos por un papel, por
pequeño que fuese, en alguna obra. Por fin uno se condolió
y le asignó el de aparecer en el escenario apenas se levantara el
telón, tocar una puerta y preguntar ¿Está Mr.Thompson
en casa? Le responderían que no y él haría mutis definitivo.
El día del estreno el viejo actor decidió cambiar por su cuenta
el guión, preguntó: ¿Está Mr.Thompson en casa?
¡No! le respondió el mayordomo, ¡Bueno, entonces me
voy a sentar a esperarlo! Sirva como consuelo que el mutis puede durar
muchos años y luego ocurrir un prodigioso revival, como el de Miquilena.
El caso adeco
(Agosto 1999)
Están boqueando, agonizando, muertos, enterrados. Unos diagnostican enfermedad terminal, otros piensan que el caso es de autopsia. Se trata, claro, de Acción Democrática y por consiguiente de esa especie humana que despectivamente alguien llamó homo adecus y se tradujo como Adeco . La suerte inmensa de los políticos y analistas de la política que ejercen en un país de corta memoria como el nuestro, es que pueden hacer vaticinios hasta de algo tan serio y definitivo como la muerte, sin consecuencias. De pronto los muertos y hasta sepultados, empiezan a caminar, toman aire y pueden ser nada menos que constituyentistas y los necrólogos se quedan tan tranquilos y con la cara tan lavada que parecieran no haber matado, no digamos a un partido político, sino a una mosca.
La historia de AD está llena de muertes y resurrecciones. La mataron Pérez Jiménez y compañía en 1948, la mantuvo éste diez años en un ataúd y resucitó para ganar las elecciones del 58. Estaba moribunda en junio del 79 cuando Luis Herrera tenía apenas seis meses en el gobierno y Copei arrasó, oígase bien Arrasó en las primeras elecciones municipales separadas. Tanto así que unas semanas después el entonces Presidente exhortaba a sus copartidarios reunidos en el cónclave de San Antonio de los Altos, a terminar de sepultarla. Pero se levantó y anduvo: ganó consecutivamente las elecciones del 83 y del 88.
Enjuiciado Lusinchi y defenestrado CAP, Acción Democrática sufrió una herida mortal en las elecciones de gobernadores y alcaldes en diciembre del 92 pero ganó 12 gobernaciones y casi el 70% de las alcaldías, incluidas las de Caracas y Maracaibo, en 1995. ¿Qué es lo que hace que ahora sean los mismos adecos los que se sienten en terapia intensiva y conectados a un respirador artificial?
Las derrotas electorales son, según los casos, pequeñas o grandes tragedias. Pero tragedias, lo que significa que encierran en sí mismas algo de dignidad, de grandeza. Lo que la Dirección de Acción Democrática, de la que formó parte, protagonizó durante la campaña electoral de 1998 fue una tragicomedia y del ridículo es mucho más difícil recuperarse, a veces imposible. Postulamos a un candidato desfasado, estuvimos varios meses ponderando sus virtudes y contrastándolas con los defectos del jinete de Frijolito. Pero en 15 días nuestro candidato que ya no lo era, perdió todas sus cualidades que pasamos a endosarle a quien antes nos parecía deleznable. Fue una dosis letal de caradurismo.
Los dirigentes de AD, de nuevo me incluyo, debimos renunciar en bloque el 7 de diciembre del pasado año. No lo hicimos y eso nos condujo a las posturas vergonzantes de la abstención ordenada por debajo de la mesa en el referéndum de abril y de la no postulación oficial de candidatos constituyentes para la elección del 25 de julio. Peor aún, caímos como niños inocentes, en la trampa que nos tendió Chávez con una elección que de uninominal sólo tuvo la supresión de la representación proporcional de las minorías. Gracias a eso la modesta victoria del comandante Presidente: 54% de abstención y sólo el 60% de los votos de ese 46% de la población electoral que votó, es hoy exhibida nacional e internacionalmente como un triunfo arrollador. De nuevo, vergonzantes, formamos parte del coro que canta loas a esos resultados producto del abuso y de la jugarreta.
Las derrotas tienen su parte positiva: los derrotados se vuelven reflexivos, analíticos, autocríticos. Y uno oye no sólo a extraños sino a propios hablando de clientelismo, de pérdida de ideología de cogollerismo y falta de democracia interna y, sobre todo, de corrupción impune. Todos esos vicios nuestros que hoy son virtudes en el presidente Chávez. Y si no que lo diga el contralor Roche Lander, que suda a vapores ante todo el gasto público transformando en secreto militar. Pronto dejará de sudar, la Originaria puede nombrarle un sustituto que ni pregunte. ¿Qué nos queda por hacer a los dirigentes de AD? Algo tan simple como irnos, demostrar que tenemos la dignidad aporreada pero no perdida y dar paso a un nuevo liderazgo que pueda actuar sin complejos, que con su cara limpia pueda enfrentarse a esa ola nauseabunda de culto a la personalidad que amenaza con asfixiarnos. Y que pueda como ayer, decir ¡Contra el miedo vota blanco!
El silencio de los
gritones
Caracas, miércoles 15 de septiembre, 1999
Con el presidente Chávez como director y solista de la cantata 'Estos cuarenta años', el coro de los maniqueístas desmemoriados repite el estribillo: 'No sirvieron para nada, destrozaron al país, todos los millones del petróleo se los tragó la corrupción'. Se salvan apenas, de esa letanía del desastre, dos áreas de la vida nacional, las Fuerzas Armadas y la cultura. La primera por razones obvias, quien le pega a su familia se arruina dice la conseja popular. La segunda por motivos que pasaremos de inmediato a considerar: Cuando fue derrocado Pérez Jiménez, hoy redimido desde las alturas del poder, la cultura o el quehacer cultural se limitaba, al menos en la capital de la República, a un museo, el de Bellas Artes; a una orquesta, la Sinfónica Venezuela y a dos teatros, el Municipal y el Nacional. El régimen inauguró con bombos y platillos la Concha Acústica de Bello Monte. Los grandes artistas de la música, de la ópera o del ballet que venían al país eran admirados por una más que minoría, élite reducida que se había afiliado a Fantasías Dominicales, una asociación privada cuyo fundador, Reinaldo Espinoza Hernández, conducía además un programa radial dedicado a la música académica, música de muertos o de golpe, como entonces se la llamaba.
El primer gobierno constitucional, el de Rómulo Betancourt, coincidió con el triunfo de la revolución cubana y ésta a su vez con la URSS. En el ámbito interno venezolano, con la división de AD, salieron los cabeza calientes del MIR para hacer causa común con la ya radicalizada izquierda marxista. Ser intelectual o simplemente culturoso en aquellos tiempos significaba no sólo comulgar con esa ideología, sino plegarse a ella. Tuvo que pasar mucho tiempo para que hombres como Arturo Uslar Pietri o Carlos Rangel pudieran expresar sus ideas sin temor a ser agredidos no sólo de palabras sino de hecho. Con la pacificación iniciada por Leoni y consolidada por el primer gobierno de Caldera, el 'puntofijismo' decidió tenderle puente de plata a la guerrilla vencida (ojo, señora constituyente Angela Zago, sí se negocia con los vencidos, usted fue beneficiaria de esa debilidad de la democracia). Uno de esos puentes fue el Inciba, primera gran conquista cultural del país al lograr que la cultura tuviese identidad propia y no siguiera como pariente pobre dentro del Ministerio de Educación.
Las becas, los subsidios, las ediciones de obras fueron maneras que inventó el 'puntofijismo' para ablandar a los intransigentes. Siempre recuerdo, con pena ajena, aquel homenaje que organizó el secretario de la Presidencia de CAP I, Ramón Escovar Salom, para don Julio Garmendia, en Miraflores. Era patético ver a don Julio solito en un rincón, mientras la divina 'intelligentzia' de izquierda se daba codazos y empujones para estar cerca del 'policía' y 'asesino' elevado a la Presidencia de la República con gran apoyo popular.
Del Inciba pasamos al Conac y de allí a los muchos proyectos y promesas de crear el Ministerio de Cultura. La actividad cultural dejó de ser patrimonio exclusivo de una tendencia ideológica y el 'puntofijismo' llenó al país de orquestas juveniles y adultas, de teatros, de museos, de ateneos, de grupos de danza y de folclor. El sector cultural se transformó en uno de los grupos de presión con mayor audiencia en la opinión pública y más temido por todos los gobiernos. Ser presidente del Conac y hasta ministro de Cultura y no tener suficiente presupuesto o dozavos oportunos para mantener contenta a tanta gente, era más peligroso que ser domador de fieras.
En algún momento llegué a creer que la cultura unida podría hasta tumbar gobierno. ¡Tremenda equivocación! Ahí la tenemos y ahí los tenemos, el ente cultural reducido a una oficina Viceministerio la llaman del acromegálico Ministerio de Educación y nadie dice nada. Los pocos que dicen, no hablan, susurran. Nadie sabe y parece que nadie pregunta qué pasará con las orquestas, museos, teatros, festivales, grupos de danza y escuelas de arte en los que se invirtieron muchos millones de esos petrodólares que el presidente Chávez y sus acólitos andan buscando. Los que decían, preguntaban, vociferaban, amenazaban, escarnecían, parece que están en la Constituyente o en el Gobierno. Por fin manda la cultura, la oficial.